miércoles, 10 de junio de 2009

El tren de la derrota

¡Qué lento va este tren, y qué angustioso! Parece cojear por alguna de sus ruedas y, entre suspiros metálicos y chirriantes estrépitos, nos zarandea incesantemente con la única preocupación de cabalgar a lo negro del camino. ¡Qué largo se está haciendo!

Enfrente, está mi padre, con gesto adusto y grave; lleva una gélida expresión suspendida en sus arrugas y cabizbajo, y silencioso, y tan distante como un extraño, entona el mea culpa con impía esquivación de mi mirada. ¡Qué complicado trayecto nos espera!

Lleva puesto el traje de pana de los domingos, con la camisa de franela y la corbata oscura; la favorita de mamá, la de ministro que la llama. Permanecerá con ese atuendo hasta la vuelta, la situación lo requiere, y con esa expresión rencorosa de abatimiento.

Mamá ocupa su lado y no me pierde de vista, como si acotando mi horizonte ahora pudiesen evitar lo que ha pasado. Lleva los ojos impregnados de tristeza y el vestido que llevó a la boda de la tía Paquita, un chal perlado de ganchillo, los pendientes de oro y los dos anillos de la abuela; siempre ha dicho que una señora debe, además, parecerlo. Ahora piensa que me he pasado la vida oyendo lo mismo siempre y no escuchando nada.
Tiene la cara hecha al sufrimiento y a la abnegación, pero hoy presenta una expresión en especial desencajada. ¡Y este maldito tren no para de zarandearnos!

-Padre, con su permiso.

Una violenta incursión en el silencio mortecino que nos ocupa ¡inútil, ni levantó la cabeza!

Por el pasillo veo otras estampas de idénticas trazas; padres consternados, madres descompuestas, culpas imperdonables, todos arrepentidos… este parece el tren de la derrota. ¡Con qué torpeza avanza este cacharro, y qué lento!

En Irún haremos trasbordo al autocar y de allí en tres horas habremos llegado. Luego todo será cuestión de unas pocas horas más ¡Qué interminable!

-Ya estoy, gracias.

Vuelvo a mi asiento. No logro interferir en el silencio que nos acosa, con el desacompasado balanceo todo se me descoloca y las ideas también se me remueven ¡No puedo aguantar el tipo mucho tiempo más! Trato de repasar lo indescifrable ¡Si yo supiese explicarme como ellos, cuánto más fácil sería todo!

Mamá no falló en nada, ni padre tampoco; pero ellos creen que escuchan una explicación aduladora que ruega su perdón. Sin embargo, aunque el miedo me llega a la barbilla y no me quedan palabras de arrepentimiento… ¡No es justo, ni yo ni nadie sabe cuánto de mucho, o de poco, son mis quince años!

Lo he hecho todo mal, lo sé, pero ellos no entienden nada. Talvez, pongo la cabeza donde el error hace su huerta y el corazón donde comen los fracasos; pero le quise, ¡Joder, que si le quise! y le quise de verdad. No era un espejismo y no hay cordura que sepa zafarse de esa entrega.

No lo pensé, quizás porque entre los vapores de sus besos no alcanzan las prudencias a competir con el sabor de un sueño hecho realidad (a esta edad no se conocen muchos sueños de estos), quizás porque la vida atenta de lo que me depara lo establecido no es mucho mejor que mi pecado, o quizás porque jamás hubiese calculado que él se volvería invisible de repente… ¡Cómo explicarles que me ha roto el mundo por todas partes!

Quizás, porque soy lo peor, y he decepcionado a todos, ahora empiezo a comprender que era inevitable ¡Qué desapacible está siendo este viaje! y este maldito tren baila empeñado en no llegar nunca, parece recrearse en mi castigo.

Mi madre está amoldada a su pellejo como anillo al dedo ¡Cuánto la envidio! Así es fácil; no tiene dudas, no se equivoca, siempre siente lo mismo, piensa lo mismo, sufre lo mismo… (Menos ahora, que he roto su cielo y su norte tan deshonrosamente… Pero ella es fuerte, saldrá de ésta, Ojala fuese igual de fácil para mí).

Mi padre sigue rebanándose el cerebro, descontándome afectos en cada traqueteo del vagón, desterrando los abrazos y las complicidades del recuerdo, haciendo añicos cada gracia, cada beso, cada orgullosa emoción que compartimos desde que nací, -¿Tan poco vale eso? ¡Pues todo lo que tengo!- y haciéndome la cuenta. Creo que el odio es la defensa que tienen los hombres para engañar el dolor, y mi padre es muy sentido.

Quiero ser fuerte, quiero ser como él de inquebrantable, seguro, recto… Este tren jamás confunde su camino y sin embargo pasa cada travesaño como si fuera el último. ¡Qué estático es el tiempo cuando se enquista!

Al menos, todo esto servirá para ver Francia y poder decir que estuve en el extranjero… ¡A quién quiero engañar, todo eso es accesorio y no consuela; ya ni siquiera me acompaña la niñería! ¿Será así de insensible la madurez?

Mañana todo habrá acabado, la excusa del funeral de un tío inventado de mi madre para venir a Francia lo acabará todo. Habrá acabado mi inconsciencia, mi estúpido embarazo, mi cálida armonía en el seno protector de la familia, mi sentimiento de culpa y, si algo de suerte me queda, mi vida sobre las desgarradoras ruedas chirriantes de este tren que se resiste a llegar aunque no tenga escapatoria.

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5 comentarios:

CharlyChip dijo...

Una primera contribución muy brillante, me ha encantado leerte.

La carga emocional del relato es importante.

Un punto crucial en la ruta de la vida puesto de relieve con delicadeza y sensibilidad por tu buen hacer, con el calor y la sensibilidad que transmite, pone de relieve el dolor y el placer que conlleva la vida humana.

Besos mil

sara dijo...

Precioso relato, me ha encantado la forma de relatarlo, una historia preciosa.

Mil besos.

Sara

Segis dijo...

Perdón, perdón, perdón :O :(

Me despisté de este post.

Gracias, CharlyChip, pero realmente meterse en la piel de la adolescente para idear su perspectiva, me ha reportado un tremendo alivio (Cuando he recuperado la mía y me he situado a salvo de su drama :D).

Celebro que te haya gustado. Un abrazo,

Segis

Segis dijo...

Compañera Sara,

Espero me perdones el atolondramiento (Me han dicho que es cuestión de tiempo, que a cien años más se me pasará :()

Gracias por tu generoso paso y comentario.

Recibe un abrazo,

Segis

CharlyChip dijo...

A veces hablar con tanta gente me lia segis jajajaj. Tengo que mirar más los perfiles para no meter la pata con los saludos de despedida.

Un abrazo